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A la salida del pueblo y mirando hacia la autovía y Villodrigo se encuentran la bodegas de Carramolino.
Configurando una especie de calle de tierra y hierbajos, pero limpia y saneada, aparecen los contundentes frontales de piedra de cada una de las bodegas indicando y protegiendo la entrada y la dirección profunda en la que se encuentran los preciados caldos.
Bodegas de Carramolino en las que la conversación se hace anecdótico y orgulloso recuerdo del pasado y propuestas firme para el presente y futuro.
Saborear un buen vino, acompañado de familiares o amigos y, también de alguna latilla de anchoas o mejillones y, por supuesto sin faltar algún choricillo y el excelente queso de oveja, constituyen uno de los atractivos mejores para esas tardes de los sábados y domingos del cálido verano. O también, entresemana, a esas horas en las que el sol y el trabajo inician su declinar invitando al descanso.  
Sentados a la puerta de la bodega, con buena compañía, respirando el limpio aire castellano y observando el magnífico paisaje que nos rodea, parece que todo cambia. El pueblo atrás, el campo a todos lados y el cielo, todavía azul, cubriendo e invadiendo todo. Así son las bodegas de Revilla, lugar excepcional en el que el tiempo se detiene para echar un trago…

Bodegas de Revilla

 
Bodegas de Carramolinos